Cómo elegir un buen psicólogo (y en qué merece la pena fijarse)

Elegir un buen psicólogo no siempre es sencillo.

Basta con hacer una búsqueda en internet para encontrarse con decenas de profesionales que se presentan con distintos títulos, especialidades y modelos de terapia. Algunos hablan de terapia cognitivo-conductual, otros de mindfulness, ACT, DBT o EMDR. Además, muchos indican que trabajan con ansiedad, depresión, autoestima, trauma, relaciones de pareja… y, para quien busca ayuda, puede resultar difícil saber qué significa realmente toda esa información.

Es normal que aparezcan preguntas como: ¿qué formación debería tener un psicólogo?, ¿es mejor un modelo terapéutico que otro?, ¿cómo puedo saber si estoy eligiendo bien?

En este artículo intentaré responder a esas preguntas.

¿Qué tipo de psicólogo necesitas?

En España, un psicólogo es cualquier persona que ha estudiado el Grado en Psicología. Sin embargo, a partir de ahí la profesión se divide en distintas ramas.

Entre ellas encontramos la Psicología Social, la Psicología Educativa, la Psicología Organizacional y la Psicología Clínica y de la Salud. También existen otras áreas, como la Psicología Forense, la Psicología del Deporte, la Neuropsicología y muchas más.

Cuando pensamos en acudir a un psicólogo para trabajar nuestras dificultades emocionales, conductuales o relacionales, estamos hablando de Psicología Clínica y de la Salud.

Y aquí encontramos una primera cuestión importante: tener el Grado en Psicología no es suficiente para ejercer en el ámbito sanitario.

En España, para ejercer como Psicólogo General Sanitario es necesario contar con el Máster Universitario en Psicología General Sanitaria. También existe la vía de Psicólogo Especialista en Psicología Clínica para el ámbito público, que requiere su correspondiente formación sanitaria especializada.

Esto puede parecer una obviedad, pero no lo es. En internet podemos encontrar personas que ofrecen servicios relacionados con la psicología sin contar con la habilitación sanitaria necesaria. Como pacientes, no tenemos por qué conocer toda la normativa, pero sí podemos comprobar qué titulación tiene el profesional al que estamos confiando nuestra salud.

La habilitación sanitaria es, por tanto, el punto de partida. Pero es solo eso: el punto de partida.

Formación y especialización

Y aquí es donde las cosas pueden empezar a resultar algo confusas.

Al fin y al cabo, todos los profesionales necesitamos explicar y promocionar nuestros servicios.

El Máster en Psicología General Sanitaria ya es una formación especializada y proporciona la preparación necesaria para ejercer como Psicólogo Clínico. Además, en España la mayoría de universidades siguen el modelo Cognitivo-Conductual, ya que es uno de los enfoques con mayor respaldo científico y más estudiados hasta la fecha.

Por eso, en ocasiones encontramos psicólogos que se presentan como “especialista en terapia cognitivo-conductual”. Esto está perfectamente bien. El problema aparece cuando, como pacientes, no conocemos cómo funciona la formación en psicología y podemos interpretar que esa expresión necesariamente significa que el profesional posee una formación superior en ese modelo, cuando en muchos casos esa formación ya forma parte de la preparación que reciben los psicólogos sanitarios para ejercer.

Esto no significa que todos los profesionales tengan la misma formación. Algunos continúan especializándose durante años mediante másteres, títulos de experto y formación avanzada, mientras que otros se limitan a los requisitos mínimos necesarios para ejercer.

Y aquí existe una diferencia profesional importante.

Cumplir los requisitos legales significa estar habilitado para ejercer. No significa que todos los profesionales tengan el mismo nivel de formación, experiencia o especialización.

Por eso, cuando buscamos psicólogo, no solo deberíamos comprobar si está habilitado, sino también qué formación adicional ha realizado y en qué áreas ha decidido profundizar. Habitualmente aparecerá como Psicólogo General Sanitario, incluyendo su número de colegiado, y, si cuenta con formación adicional, indicará también titulaciones como Experto en…, Especialista en… o Máster en….

De esta forma podemos comprobar si esa formación encaja con aquello para lo que buscamos ayuda.

Formación y experiencia no son lo mismo

También conviene tener cuidado con algo que puede resultar confuso en los perfiles de los profesionales.

Trabajar con ansiedad, regulación emocional o depresión no implica poseer una titulación específica en ese ámbito.

Una persona puede haber decidido centrar su práctica profesional en determinadas problemáticas y tener mucha experiencia trabajando con ellas. Eso es perfectamente legítimo. Pero no es lo mismo que haber realizado una formación específica que otorgue una determinada titulación, junto con el ampliado marco conceptual y rango de herramientas profesionales que esto implica.

Por eso, si tenemos dudas, podemos preguntar. Un profesional transparente no tendrá ningún problema en aclarar cuál es su formación en el área que nos interesa.

Y creo que esta diferencia es importante: experiencia y formación no son lo mismo, aunque ambas puedan ser valiosas.

¿Es la terapia Cognitivo-Conductual el mejor modelo?

Volvamos ahora a una cuestión que dejamos pendiente: si en España la mayoría de universidades siguen el modelo Cognitivo-Conductual porque es uno de los enfoques con mayor respaldo científico y más estudiados hasta la fecha, ¿significa esto que es el mejor?

No, no necesariamente.

Es un modelo entre muchos otros que existen. Un modelo es un esquema práctico desde el cual orientar una terapia. La terapia Cognitivo-Conductual fue uno de los primeros modelos en apostar fuertemente por la investigación científica y, por ello, dispone de una enorme cantidad de estudios acumulados.

Esto nos permite conocer bastante bien qué dificultades suele abordar con éxito, para qué problemas funciona mejor y cuáles son también sus limitaciones. Pero que un modelo tenga más estudios no implica que los demás carezcan de evidencia ni que sean inferiores en todos los casos.

De hecho, cuando se comparan distintos modelos terapéuticos bien aplicados por profesionales competentes, las diferencias en resultados suelen ser mucho menores de lo que muchas personas imaginan. Al mismo tiempo, todas las problemáticas son distintas y se ha encontrado que determinados modelos pueden ser especialmente útiles para determinadas dificultades.

Por ejemplo, la Terapia Dialéctica Conductual (DBT) ha obtenido muy buenos resultados en problemas relacionados con la regulación emocional y la impulsividad. Las intervenciones basadas en Mindfulness pueden resultar especialmente útiles para determinadas habilidades relacionadas con la atención y el autocontrol, y la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) ha mostrado buenos resultados en diferentes situaciones relacionadas con el dolor y las enfermedades crónicas.

Esto tampoco significa que esas terapias solo puedan utilizarse para esas problemáticas.

Aquí entra en juego algo fundamental: el criterio clínico.

Un buen profesional debe saber determinar qué herramientas son más adecuadas para cada paciente y para cada momento de su proceso terapéutico. Incluso una misma persona puede necesitar cosas distintas en diferentes momentos.

Por esta razón, tendrá más herramientas terapéuticas un profesional que haya profundizado en su formación y que tenga un buen criterio sobre las necesidades concretas de cada paciente.

No se trata simplemente de acumular títulos. Se trata de saber qué hacer con los conocimientos y las herramientas que se han adquirido.

¿Y qué hace que una terapia funcione?

Todo esto nos lleva a una pregunta interesante. Si existen tantos modelos distintos y las diferencias entre ellos suelen ser menores de lo que imaginamos, ¿qué es lo que realmente hace que una terapia funcione?

Durante mucho tiempo se pensó que la respuesta estaba principalmente en las técnicas utilizadas. Sin embargo, cuando los investigadores comenzaron a estudiar qué factores explicaban mejor los resultados de una terapia, encontraron algo muy importante: el vínculo terapéutico suele ser uno de los mejores predictores del éxito de una intervención.

¿Y qué es el vínculo terapéutico?

Es la relación de confianza, colaboración y comprensión que se construye entre el psicólogo y el paciente.

Incluso la mejor herramienta pierde eficacia cuando la persona no se siente escuchada, comprendida o segura durante el proceso.

Ahora bien, un buen vínculo terapéutico no puede sustituir a la competencia profesional.

Que un paciente se sienta cómodo con un psicólogo es esencial, pero sentirse cómodo con alguien no significa automáticamente que esa persona tenga los conocimientos, la formación y el criterio necesarios para ayudarte.

Del mismo modo, un psicólogo puede tener una formación excelente y, aun así, no ser la mejor opción para todos los pacientes. No todas las personas van a sentirse igual de comprendidas, seguras o cómodas con el mismo profesional.

Por eso, formación y vínculo no son dos alternativas entre las que tengamos que escoger. Necesitamos ambas cosas.

Necesitamos un profesional que sepa lo que está haciendo, que tenga las herramientas necesarias y el criterio para decidir cómo utilizarlas, pero también necesitamos poder construir con él una relación terapéutica que nos permita trabajar.

Entonces, ¿en qué deberíamos fijarnos?

Si estás buscando un psicólogo, lo primero es comprobar que está legalmente habilitado para ejercer en el ámbito sanitario que corresponde a tu caso.

Después, merece la pena mirar más allá de los términos que aparecen en su perfil. ¿Qué formación adicional tiene? ¿En qué áreas ha profundizado? Si algo no queda claro, pregunta.

Y, finalmente, presta atención al vínculo que se va construyendo durante las primeras sesiones.

¿Te sientes escuchado? ¿Puedes hablar con libertad? ¿Sientes que el profesional comprende lo que te ocurre? ¿Entiendes hacia dónde estáis trabajando? ¿Confías en su criterio?

Un buen psicólogo no debería buscar crear dependencia de la terapia, sino ayudarte a adquirir las herramientas que necesitas para ser cada vez más autónomo.

De hecho, existe una broma bastante extendida sobre que a los psicólogos les debe interesar que las terapias duren eternamente para poder cobrar más sesiones. Pero un buen profesional persigue justo lo contrario: que llegue un momento en el que la terapia ya no sea necesaria.

Y cuando eso ocurre, no debería preocuparle tener un paciente menos. Si ha hecho bien su trabajo, otras personas seguirán confiando en él en el futuro.

En resumen

La habilitación es el mínimo legal necesario para ejercer en el ámbito sanitario.

La especialización permite desarrollar competencia profesional y disponer de las herramientas y el criterio necesarios para trabajar con diferentes personas y problemáticas.

Y el vínculo terapéutico es lo que permite que todo ese conocimiento pueda ponerse realmente al servicio del paciente.

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